domingo, 23 de febrero de 2014

Director de diario, un oficio de riesgo (2)

Nuevos modos para un nuevo entorno

En treinta años han cambiado tantas cosas para la prensa escrita... lo vemos en el modelo digital de distribución de contenidos, en los hábitos de lectura, en el modo en el que los clientes comerciales han transformado sus expectativas respecto de los impactos y en el modo en que los miden. También han cambiado la manera en que las diferentes divisiones de un grupo mediático se apoyan entre otras: algunos lo llaman sinergías de grupo. Se traducen en una estrategia constante de venta cruzada entre unos medios y otros, que colocan recíprocamente como noticia lo que en realidad es poco más que publicidad de los propios productos o las propias acciones. Ni Unidad Editorial Ni Vocento, por ejemplo, han sido ni elegantes ni eficaces en este tipo de actuaciones, que ponen siempre a prueba la cohesión interna del grupo y hasta las afinidades personales entre los directivos de las diferentes divisiones. PRISA-El País-la SER fue durante años la referencia, hasta que su público se sintió abusado por la venta cruzada: el suplemento de cultura de El País se asemejaba más a un boletín interno de novedades del grupo editor que a una colección de críticas literarias: algún crítico perdió su puesto de trabajo por no disfrazar de indulgencia su disconformidad con alguna novela publicada por la casa editorial dueña del periódico; la agenda de viajes de Cebrián-Berggruen -el nuevo dueño de la casa- por Iberoamérica y por Europa puede seguirse a través de las páginas de cultura y de política del diario, donde a veces se ofrecen entrevistas con mandatarios y con ex que son auténticos trabajos de spa periodístico; la sección de espectáculos solo tenía ojos para las películas producidas o coproducidas por alguno de sus Sogealgos. Por no hablar del penoso espectáculo del periódico en los sucesivos enfrentamientos legales por el control de los derechos audiovisuales del fútbol.

La nueva venta cruzada y la vida en la trinchera
En el nuevo entorno las cosas son menos sutiles. Quien da ahora las lecciones es el señor Casals, factótum del grupo multimedia de Planeta llamado ahora Atresmedia. Fijémonos solo en un detalle. Francisco Marhuenda, director de La Razón, hasta hace poco persona no demasiado conocida fuera de un reducido círculo de personas del mundo político y profesional, es ahora la luz pepera de Trento,  el martillo de los herejes que no comulgan al cien por cien con las tesis del gobierno español, lo que le sitúa en la pole position de cara a una eventual fusión de la prensa de la derecha de toda la vida -léase ABC y La Razón-. El personaje Marhuenda es un tipo faltón -no se corresponde con la persona Paco Marhuenda,  tipo educado y hasta simpático, no necesariamente encantador pero tampoco ese doberman insolente que representa-, que se ha ganado el estatus de faro del oficialismo pepero gracias a su presencia permanente en los debates de La Sexta, donde se bate el cobre todos los sábados por la noche frente a la más granado del argumentario de la izquierda y el centro-izquierda español. La españa reaccionaria reconoce a quien habla por ella en el canal que se reclama de la izquierda y se reconoce en sus descalificaciones. Nada más efectivo en los tiempos que corren. Nada de sutilezas.


De este modo, en un momento de apoteosis del periodismo de trinchera, el lector de derechas se identifica con Paco Marhuenda, director de La Razón. A su lado, al director de ABC lo conocen en su familia y poco más. Si hay que hablar de unir fuerzas entre ABC y La Razón y reconciliar a las dos ramas de hermanos separados bajo una sola cabecera, Marhuenda -y su grupo mediático- parten con la ventaja de la dimensión mediática, frente a un Bieito Rubido director de ABC que, inmerso en la estrategia errática de su patrón Vocento, carece de un grupo de canales televisivos que le den perfil público. ¿Hay color?



Dicho esto, volvamos al punto de partida del primer post y a la pregunta del amigo Quico Ràfols: ¿qué les habrá prometido Rajoy? Mejor aún, ¿qué está en situación de prometer? En primera instancia, el gobierno Zapatero le ha dejado la herencia del desorden legal, descalificado por los tribunales, del reparto de canales de TDT, que en su reordenación -con reducción de canales incluida- pone en manos del ejecutivo del PP la necesaria solución. Primera cosa que puede poner el presidente sobre la mesa. Le queda también la publicidad institucional en el sentido más amplio de la palabra. Todos los gobiernos han usado y abusado del mecanismo.

Pues sí, Rajoy tiene qué ofrecer
Ahora, además, nuestros políticos del PP, a falta de las subvenciones directas a la prensa reclamadas en alguna ocasión por Cebrián, barajan el señuelo de la llamada tasa Google. Pongámoslo en términos del mundo no virtual: si un guía turístico, que algo cobrará de sus clientes directos por su trabajo,  advierte a sus clientes de dónde puede comer una buena paella en La Barceloneta, podríamos esperar que el hombre recibiera además alguna compensación del restaurante por el consejo. En Internet, y solo porque pasa en Internet, es el mundo al revés: si Google me indica cuáles son los sitios a su juicio -o al de su algoritmo de búsqueda- más adecuados para leer, por ejemplo, sobre la crisis de Ucrania, los diarios indicados no se conforman con figurar en una página donde se indica el acceso a la noticia con solo hacer un clic: encima quieren que Google les pague por ello, ya se a ellos directamente, ya sea constituyendo un fondo específico para la prensa.

Un ejecutivo como el que actualmente gobierna en España, con mayoría absoluta en el legislativo, se halla en la situación idónea para imponer esta y cualquier otra norma. Los editores podrían plantearse cómo monetizar los miles de accesos que les derivan cada hora los buscadores. Disponen de múltiples formas, desde el paywall hasta los modelos premium, pasando por las suscripciones a palo seco, la publicidad, etc., pero es mucho más cómodo que una ley, tal vez incluso con los votos de parte de la oposición, les ponga cada año unos milloncejos sobre la mesa. El recurso a la tasa Google es una nueva demostración de que no han entendido el reto que les plantea el lector digital.



Así que al final mi amigo no andaba tan desencaminado, ya sea con teorías de la conspiración o sin ellas. Al final, de lo que se trata es de controlar la libertad de prensa sin cargarse directamente el estado de derecho, y si puede ser con el dinero de los particulares mucho mejor que directamente con dinero público, que eso a los políticos con certificación ISO 9000 de liberalismo expedida por el partido siempre les parece mejor que recurrir directamente a los fondos públicos. Mal asunto

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